lunes, 20 de octubre de 2014

Íntimo y lejano

     Si me permiten el atrevimiento, debo decirlo de esta forma: creo existir, creo despertarme todos los días y utilizar la forma temporal del gerundio a todas horas. Pues en cada momento específico del día y la noche, estoy andando, durmiendo, comiendo y pensando.

     Pero tras todas estas acciones objetivas, con forma, seguras de sí misma y de su significado, se encuentra una inquietud deforme y lejana que me acecha, que pisa mi sombra en cada paso que creo que doy. Debo decir que casi siempre soy consciente de su existencia, del sitio que ocupa en un lugar determinado e íntimo (pero el cual solo soy capaz de ignorar). Soy consciente por su peso en mis actos de asimilación, sí, pues en ciertos momentos, todo parece ser más lento y complejo, casi inverosímil, casi irreal. Miro sin ver, toco sin sentir, el sentido se pierde. Logra violar mi determinación, sí, pues sin mi permiso o siquiera una mínima consideración, observa e interviene en la forma en la que decido asimilar algo. Suspiro temerosa, gritando por dentro y temblando por fuera. De forma repetida, una y otra vez, insiste de forma cruel.

     Y el momento en el que logra eliminar al menos por un instante mi razón, en este momento y espacio oscuro y silencioso que es la noche, puedo sentir en qué forma se me presenta. Sin atisbo de sorpresa, siento el mar envolver cada centímetro de mi piel. Se deleita ante su poder, ante su éxito, ante su implacable acción contra mí. Dejo de respirar y mi última mirada al vacío viene acompañada de una expresión de cinismo, de reproche, ante mi propio "te lo dije".

     Anula mi fuerza, mi voluntad, de nuevo, una vez más...

martes, 22 de julio de 2014

Asco

     La oscuridad llega y se posa sobre cada rincón. Callejones húmedos, de deshechos, orina, alcohol, e incluso sangre. Barrios donde de madrugada únicamente se escuchan discusiones, gritos y quejas. Olores repugnantes, imágenes fatales, ruido insoportable.

     Camino resentido hacia mi butaca apartándome de la ventana. Dejo la taza del café que acabo de saborear en mi mesita de noche. No me siento, sentarse es un acto de decisión que implica estar de acuerdo e incluso a gusto con lo que harás tras posar tus nalgas sobre un asiento. Lo cierto es que me dejo caer sin fuerzas ante mi escritorio. Está lleno de hojas, y encima de todas ellas está mi único bolígrafo. He de decir que es negro, me parece un dato importante, no es azul, ni verde, sino negro.

     Confieso que casi cada noche mantengo cierta discusión conmigo mismo, pues aunque lo intente, se me hace imposible sentarme y distraerme con cualquier cosa, se me hace eterno e insoportable el intento de dormir sin antes conseguir sacar esto que siento y que no expreso: asco. La presencia de un asco peculiar y pesado llena toda la atmósfera de estas cuatro paredes que me rodean. Asco, una palabra engañosamente sencilla que está destruyendo mi descanso físico (he de matizarlo). 

     En la esquina del escritorio, una copa medio llena -de un vino barato que compré con lo último que me quedaba en el bolsillo- se me ofrece, me insiste, parece incluso consciente de su efecto en mí.
La cafeína da agilidad a la lengua, facilita el riego verbal, evita que las letras se coagulen. El sabor y efecto del vino, por otra parte, hacen patinar la vergüenza, la mentira, le da al escritor, le da al que confiesa, seguridad y sinceridad, las dos "s" las llamo yo. 

     Ebrio de vino y de asco, me dispongo a confesar, a expresar, a sacar toda esta incertidumbre y emociones encontradas que fluyen cada vez que me obligo a salir -o asomarme a la ventana- para evitar ser engullido por mi casa. Escupir a la hoja, mojar el bolígrafo en mi propia saliva que se asemeja ya a la tinta. Hacerlo todo rápidamente mientras la angustia, y algo que identifico como alivio, recorren mi ser con osadía. Asco: ayer, hoy -y puede que mañana- una gran razón para escupirle a la hoja. 
  

lunes, 16 de junio de 2014

La miel de letras

   Insisto, quiero remarcarlo, darle énfasis, hacerlo brillar para que puedan entenderlo. Sin duda alguna, es algo que acaricia mi razón como si de una ninfa se tratase. Sueño ha desaparecido. Si, hablo de él, de él en sí mismo. Sueño ha decidido no presentarse durante estas noches, se ha ido, se ha ocultado entre las ramas del olvido, se ha evaporado con el resto de sustantivos personificados suicidas. Como si nunca hubiese existido, como si ciertamente, no hubiese tenido derecho de haber estado aquí jamás.

   Sueño es una ilusión, no, es "la" única ilusión. Una abstracta, que solo parece ser ideal en la lejanía, en los vestigios de la puesta de sol, en los suspiros de la brisa más efímera y audaz.  Pero, hay algo que hace pestañear consecutivamente a mis ojos ante la extrañeza de su sentido. Sueño es "la" ilusión, sí. Pero, he descubierto algo que ha golpeado mi razón al principio pero que luego ha acariciado dulcemente mi paladar, como una miel de letras.  De ilusión me rodeo al no soñar.  ¡La ilusión me rodea ante la ausencia de él!.  ¿Una contradicción? ¿Algo imposible, no?  No. Ni te lo plantees. Incierta es la contradicción. De nuevo, también ella es ilusión.

   La ausencia de él, provoca numerosas ilusiones de toda índole que surgen en mi pequeño corazón de hojalata,  provocando una diferencia de significado para el cuerdo, y una implícita, intensa y metafórica exhalación para mí. 

martes, 29 de abril de 2014

Lágrimas de razón


Subí, escalé, corrí, salté. Recorrí la maleza lo más rápido que mis piernas me dejaron. Mis pulmones se retorcían por la falta de oxígeno. Mis secos labios agrietados sangraban sin piedad. Las lágrimas bañaban mi cara y me cegaban la vista demasiado rápido como para no tropezar y caerme de nuevo. Tenía que seguir, no podía parar.

Nada más llegar me dejé caer sobre la fina hierba. Nada más respirar de nuevo, supe que todo tenía sentido, que mi alma no había sido desgarrada en vano. Supe que había llegado el momento de que olvidase todo cuanto creía saber... 

Simplemente llovió. Pero por ello, comencé a llorar. A llorar como nunca antes lo había hecho. Lloré como solo los milagros pueden hacer que llore. Lloré porque lo sentí. Una aplastante y cegadora sensación de que algo estaba ocurriendo, de que algo cambiaba vertiginosamente ante nosotros y no nos habíamos percatado, de que algo más importante que todo cuanto conocía estaba por llegar. Lloré porque por primera vez "veía" todo lo que tenía ante mí. Lloré como solo los ángeles pueden llorar porque supe el significado de la esperanza. Sí, lloré porque sentí la vida cantar al unísono con la muerte. Porque el corazón de repente se me antojó como un aliento de vida más, solo uno aguardando a su momento. Lloré porque quise gritar todo lo que estaba sintiendo y no fui capaz. 

Lloré de impotencia, de fascinación, de desahogo, de miedo...

lunes, 10 de marzo de 2014

Gritos y mentiras


Me he tomado la osadía de considerar en secreto, los verbos gritar y escribir, sinónimos. Qué quieres que diga, para mí tiene todo el sentido del mundo. ¿No es eso lo que hacemos cuando nos atrevemos a utilizar la tinta para dejar constancia de las letras que inundan nuestro ser? ¿Acaso no es un alivio? ¿No es expresión en toda su extensión? ¿No es comunicación? Escribir gritando. Gritar escribiendo. Tienes que poder ver lo que estoy diciendo -escribiendo (gritando)-. Gritar y escribir para sentirnos libres, para sentirnos escuchados, gritar y escribir para averiguar la magnitud de nuestras emociones, de nuestros dolores. 
Si, lo veo, y tú también. Gritar y escribir son términos que se encuentran y hacen el amor porque solo entre sí se entienden, porque solo siendo uno se sienten completos. 

En uno de estos intentos totalmente serios e intensos en los que dejo a mi alma gritar al papel, en uno de estos instantes que cada vez puedo controlar menos porque son ellos los que me controlan a mi, me siento en mi silla fingiendo tranquilidad y con un gesto impasible en la cara. Busco mi solitaria y fría libreta, y me dispongo a contar y escribir de la forma más típica y normal posible, falsos pensamientos que aparecen en mi conciencia esperando engañar a mi alma. Pensamientos que esperan servir de sustitutos a mis reales y semejantes elucubraciones. Pensamientos fríos e incompatibles con mi ser que esperan engañarme y facilitar mi convivencia en este mundo.

 Comienzo tragándome las quejas de mi alma y escribiendo las primeras líneas más bastas que podría escribir alguien. Una sonrisa forzada deforma mi cara y obligo al bolígrafo a seguir. Puedo oír incluso cómo él se queja al estar habituado a dejar constancia de verdades profundas y sinceras. Incluso él puede sentir la mentira, el intento de engaño. Sigo sonriendo para evitar un desastre, sigo obligándome a contar lo que la razón me dicta. Pero el momento se rompe, si, el instante más escabroso de esta acción vomitiva consigue quebrar el entorno como si de un látigo se tratase. Entonces una voz familiar me grita rompiendo el ácido silencio, una voz también rota por el llanto; la voz del papel. El terror, la fascinación, el alivio, y la indignación recorren simultáneamente mi mente. Es terriblemente preocupante que el propio papel rechace tus palabras. Si esto ocurre, es que te estás perdiendo, así de extraño y sencillo resulta. 

Sin siquiera darme cuenta, comienzo a reírme ruidosamente mientras las lágrimas asoman rápidamente mis mejillas y mi pulso se acelera frenéticamente. Y lo entiendo, entiendo qué es lo que pasa, entiendo por qué parece derrumbarse todo por algo que no parece tan grave. Puedo confesar aun sorprendida que lo he entendido, que rompí en mil pedazos esa hoja y que finalmente antes de caer en un sueño desolador y repentino solo tuve fuerzas para gritarle a la siguiente mi descubrimiento. 

- ¡No te mentiré! A ti no puedo mentirte. ¡Eres únicamente un papel, una hoja en blanco abandonada y triste! ¡Nada más! ¡Pero por alguna insólita razón me es imposible mentirte a ti! ¡Por alguna poderosa razón el mundo se para y se retuerce si lo intento! ¡Mentirme es destruirme!