lunes, 20 de octubre de 2014

Íntimo y lejano

     Si me permiten el atrevimiento, debo decirlo de esta forma: creo existir, creo despertarme todos los días y utilizar la forma temporal del gerundio a todas horas. Pues en cada momento específico del día y la noche, estoy andando, durmiendo, comiendo y pensando.

     Pero tras todas estas acciones objetivas, con forma, seguras de sí misma y de su significado, se encuentra una inquietud deforme y lejana que me acecha, que pisa mi sombra en cada paso que creo que doy. Debo decir que casi siempre soy consciente de su existencia, del sitio que ocupa en un lugar determinado e íntimo (pero el cual solo soy capaz de ignorar). Soy consciente por su peso en mis actos de asimilación, sí, pues en ciertos momentos, todo parece ser más lento y complejo, casi inverosímil, casi irreal. Miro sin ver, toco sin sentir, el sentido se pierde. Logra violar mi determinación, sí, pues sin mi permiso o siquiera una mínima consideración, observa e interviene en la forma en la que decido asimilar algo. Suspiro temerosa, gritando por dentro y temblando por fuera. De forma repetida, una y otra vez, insiste de forma cruel.

     Y el momento en el que logra eliminar al menos por un instante mi razón, en este momento y espacio oscuro y silencioso que es la noche, puedo sentir en qué forma se me presenta. Sin atisbo de sorpresa, siento el mar envolver cada centímetro de mi piel. Se deleita ante su poder, ante su éxito, ante su implacable acción contra mí. Dejo de respirar y mi última mirada al vacío viene acompañada de una expresión de cinismo, de reproche, ante mi propio "te lo dije".

     Anula mi fuerza, mi voluntad, de nuevo, una vez más...

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