lunes, 28 de diciembre de 2015

La nada

Y quizá no es un sentimiento único, lo sé, seguramente sea uno que nos llega a todos, que nos recorre el alma, uno que nos sacude sin más como la más profunda de las miradas. Pero ¿es este sentir similar para todos? ¿Acaso alguien es capaz de soportar este mal? ¿Es este morir similar a cualquier otro existir? ¿Acaso puedo vivir sin morir continuamente? ¿Sin gritar eternamente?


Y todo ahora es ignorar la presencia de cierta ausencia. Suspirar y deformarse. ¡Observar y conformarse!

Perseguir el "todo" y echar a correr para evitar ser engullido por la nada, sí, esta fiel, constante  e ingrata sensación de falta.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Qué"



     No ver en el aire lo que se grita con la mirada. Ni oír en la voz lo que se confiesa en los latidos. No entender nada. Sentir en la piel y saborear en los labios. Dejar de huir de un juego que deja de serlo. Negar algo -esto- tan voraz, tan real; algo que arrasa con el ser y que conquista la sed. Soltar este elixir que tan esencial resulta para el existir.

     Cómo dejar de gritar, y escapar del cómo para llegar al qué. Cómo escapar de la cordura y entregarse a la locura...




viernes, 4 de diciembre de 2015

Así


   ¿Una pesadilla radiante? Creo que estoy ahogada en un mar de ausencias, en un río de infinitas clemencias. Y así me busco.

   ¿Un sueño perturbador? Siento que estoy enajenada por la ausencia, sí, esta persistencia de todos por evitar la presencia. Y así me encuentro.

    Una verdad insoportable, una mentira lamentable. Y me veo excluida por mí misma de mis propias premisas, de mi propio orden, de mi inocente intención de escapar al golpe. Y así me observo.

   Un espejo de ideas, un quebradero de cabezas. Una respuesta: así busco -y encuentro- cómo me siento cuando me observo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

***

Desear sin pedirlo, sin pensarlo, sin deber. Puede que -incluso- sin temer. Pensar y no ver. Locura, constante locura. Respirar demasiado en un sin vivir asfixiado. Intentar ignorar un instante extasiado. Tratar de olvidar y fracasar. Gritar (cuándo no) por el temor a no hallar.

¿Y cuándo?
¿Y por qué no? (Y por qué sí)
Y sentir, sí, solo dejar de huir del sentir.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Y qué

     Y qué hacer cuando vivir no es vivir, cuando significa prolongar la profundidad de este mal, atentar contra la voluntad del mar, cuando respirar es solo una forma de ignorar toda esta mentira, toda esta constante asfixia. 


                                               Qué pensar, hacer o decir.



  Qué intentar, qué aceptar.

                               

                                                              Cómo luchar, contra qué.



    Cómo ocultar el caos,
                                                       la sed,
                                                                 el vacío,
                                                                                cómo ocultar este aplastante hastío.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Belleza

     Creerte una creación de mi mente, una visión, una misteriosa y cálida maldición. Quizá pensarte, hacer de ti un amante. Quizá mirarte, mirarte de verdad, mirarte hasta que griten los ojos, hasta que se llene de sangre este frío pozo. Entonces, coger aire y preguntar, retener mil cuestiones y temblar, soltar un grito para luego callar.

     Y dar un paso -solo uno-, quizá uno falso, puede que sea en vano. Rendirse, caerse, buscarse para luego no encontrarse. Gritar de nuevo, sí, perderse luego. Y negar el instante, huir de que nos atrape. 

Asistir esta vez a tu dulce existencia, sí, esta terrible certeza de tu palpable belleza.

sábado, 24 de octubre de 2015

A ciegas

A ciegas seguimos respirando, gritando, llorando. Pues donde hallamos la paz, terrible es el silencio, dolorosa la ausencia, innecesaria la existencia. Y con temor avanzamos, ruidosamente caminamos. Pues donde habita el silencio -ahí - habita todo aquello que no entendemos.

Y lo sé, es verdad este sin saber, este no poder, este horrible estado de ignorar todo lo que está mal. Es irreal el pensar, el amar, es irreal y dolorosa toda absurda forma de presencia, de existencia. Y te juro que es frío y maldito el habitar, sí, esta difusa y escondida obsesión de todos por estar.

viernes, 23 de octubre de 2015

Huir



  Una máscara muy bien hecha. Era eso. Una máscara de lo menos común, una multiforme, mentirosa, puede que incluso monstruosa.

    Huir, mentir, sobrevivir. Cerrar los ojos y negar que todo se transforma, que se tambalea todo rasgo de cordura, que toda supuesta tranquilidad no es sino amargura, seguida siempre de una intensa locura.

    Intentar negar lo que es innegable, suplantar lo inimaginable. Que todo se nos cae, se nos escapa. Que este moribundo techo no aguanta, este que es -en realidad- tan ligero como una sábana. Que la lluvia no es enemiga, sino amiga. Ella, sí, que siempre intenta arrancarnos -suavemente- la mentira.

    Quizá destruir. Quizá solo quiera ignorar esta constante y confusa necesidad de destruir todo lo que este intento de cosmos llame "el porvenir". Quizá todo sea simplemente el huir de este amargo vivir.



sábado, 10 de octubre de 2015

Aislada

     Algo me tiene extrañada, anonadada, algo que me pide y me exige que permanezca aislada. No es otra cosa que una sensación precaria, sí, una sensación de constante e hiriente alarma.

     Y es algo amargo, escarchado, apagado, puede que simplemente sea un atajo. Un atajo al vacío, sí, el mezquino e infinito vacío de este interminable hastío.

    Y es que -con parsimonia- me acaricia, luego me asfixia con armonía, con delicadeza, supongo que para no matarme con tan terrible y semejante aspereza. Y me sorprende mientras me desprende, y me retiene, me tortura lentamente, me desangra cruel e impasiblemente.

   Y es algo que tantea, que me quema, algo que simplemente me aterra.





miércoles, 16 de septiembre de 2015

Derrame

     Y no basta. No bastan los sueños para pararlo, para solucionarlo, para dejar de temerlo. Y no para. No para de fluir por mi piel, de derramarse por mis venas, de inundar mi corazón.  Y no lo paro, no lo soluciono, no me quejo, no lo aparto.

     Y lo siento, lo respiro, lo asimilo, lo vuelvo a sentir. Cada sensación, cada intención de ahogarme sin más, cada momento gélido y poderoso. Me ataca desde dentro, desde muy lejos. Me ataca, me deja sin aire, me empuja y me arrebata -incluso- la voluntad.

     Y me resigno, no lucho, no lo niego, pues ni siquiera este suceso es eterno. Veo por fin la verdad, siento solo entonces la necesidad, una que insiste en desatascar mis venas y llenar mis pulmones, una que se atreve a sacudirme terriblemente como a la arena y a provocarme terror desde entonces.

     Y todo lo siento, nada me basta, todo me lo arrebata.  Y me resigno a un destino inseguro, -y solo entonces- puedo sentir que mudo.


lunes, 14 de septiembre de 2015

...

     Como si fuera sencillo huir de lo que fluye en cada rincón, en cada altura, en cada espacio infinito. El dolor fluye cuando los párpados pesan, cuando no quieren dormir, cuando no se quieren rendir.

     Como si fuera posible cambiar la velocidad con la que se tornan las ideas, la profundidad a la que llega la oscuridad en mi propia mente. Los ojos miran pero no ven nada, buscan pero no encuentran. No pueden hablar y sin embargo gritan, sí, gritan con ansiedad, gritan sin más hacia la oscuridad sin fin.

     Como si esto que todo lo llena, que todo lo recorre, esto que nos aplasta la voluntad y nos arranca el sentido sin mostrarse fuese a desaparecer. Como si tuviera esperanza, claro, como si la necesitara. 

     Solo fluyen, y solo huyo.
     Pesan, y junto a ellos me hundo.
     Y se rinden, y gritan.
     Y todo lo aplastan, y conmigo... arrasan. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Sentido

     No creo que hayas sentido algo similar. No te subestimo, no lo creas, sólo digo que algo así no es fácil sentirlo. No creas que esto se busca, ni se te ocurra pensarlo porque esto de lo que te hablo tampoco lo encuentras, sino que te atrapa sin avisar, te da caza, te atraviesa por la mitad. No creas que es bondadoso, porque te coge de las entrañas y no te suelta.

     Tu piel deja de ser tuya, te repele, te duele, te odia. Tu maldita piel agoniza porque lo que quiere es no ser. Ya no te hablas, no creas que tu voz te pertenece porque nunca lo ha hecho. Tu voz te grita, tú la ignoras, sí, pero te grita hasta que te duelen los tímpanos, hasta que lo asumes, hasta que aceptas que quiere quebrarse y no volver. Tus ojos no te ven, no, se niegan, se apartan, decrecen, te duelen.

¿Te imaginas presenciar cómo tu propio cuerpo te rechaza; cómo tu propia locura te da la espalda? Lo siento todo, cuando en realidad lo que siento y lo que me repito es que no siento nada.

     Como penas, sí, penas de otros que se me meten por los pulmones al respirar este sinsentido que es el sentir. Como llantos, sí, llantos de una alma quebrada que padece pero no siente, que sin más se retuerce y me estremece.

Creo que no lo sientes, no. Algo así solo puede ser una crueldad más de mi aterrorizada mente.

lunes, 17 de agosto de 2015

Falsas sonrisas

     Vale, lo confieso.

     Confieso que no todo es lo que parece, que es cierto, que no estoy bien siempre, que el alma me duele. Pero exijo que se me escuche como se debe hacer en estos casos. No es fácil abrir los ojos cada día y encontrar un mundo que valora más una mentira loable que una realidad inverosímil. Es complicado existir aquí, donde los sueños no son nada y los simples objetos lo son todo, sí, donde las cadenas se abrazan con dulzura y la libertad parece una locura.

     Mentira -siempre presente en toda brisa-. Aparta esa sonrisa de mi vista, date cuenta de que puede destrozar -incluso- una vida. Escúchame, hazme caso. Borra esa sonrisa -creada con capas y capas de mentiras-, pues aunque el agua no pueda hacerlo, conmigo he traído la verdad, el arma más altiva.

     Mírame a los ojos y antes de juzgar intenta leer lo que siento, lo que intento expresar, lo que mis palabras callan y mi alma olvida gritar.

     Rabia, temor. Déjame mostrarte lo que importa, que no es sino lo que se ignora. Deja que te demuestre lo que es despreciable, sí, todo esto que tratamos como admirable, todo esto que en realidad no debería importar ni un ápice. Puedo decirte que todo este supuesto control, no es más que una demostración de temor. Más que temor, terror, sí, la clase de terror que llena de rabia cada pulmón. Mírame, acércate, escúchame, créeme por favor, pues solo ese creer puede darle a nuestras almas algo realmente fiel. El temor, el terror y el dolor son al fin y al cabo nuestro motor.

    Acércate en silencio, sí, porque te prometo que lo que voy a enseñarte es realmente intenso.  

lunes, 3 de agosto de 2015

...




     Te puedo asegurar que el intentar huir no funciona siempre, que elegir la ceguera no da siempre resultado. Puedo decirte, con total firmeza y sin reparo alguno, que la omisión no es una opción. Esto, sí, esto que te tiene confundido -y que aún no acabas de ver- no entiende de malos momentos, no entiende de deseos, y -por supuesto- tampoco respeta el miedo.

     Sé que huyes porque prefieres ignorar todo lo que puedes hallar en una sola alma -presente siempre en la propia mirada- todo lo que te puede sorprender, todo aquello que desconoces y que sin más podría golpearte. Me he dado cuenta de que eres un gran actor, sí, uno que intenta aparentar fortaleza y comprensión, uno que intenta aparentar indiferencia y frialdad.

     Sin más, sin quererlo, sin pedirlo, te confieso que puedo ver en tus pupilas la realidad de tu esencia. Que la aflicción se adueña de ella, sí, y la confusión de tu inocencia. Que la hermosa, cruel - e inconsciente- angustia sustituye al instante tu seguridad, y que sin más tu gran templo indestructible parece dejar de ser invencible.

Te lo digo en voz alta y con la voz ahogada.

Puedo ver en lo más profundo y oscuro de tus pupilas que tu solitaria alma se paraliza y -seas consciente o no- enloquece.

domingo, 2 de agosto de 2015

Lo terrible del mar

     Por ahí he oído decir que tengo fijación con el mar, que lo nombro bastante, que resulta repetitivo, que por qué, que algo debe de tener. Y qué es lo que no tiene, me digo yo.

     Solo hace falta apartar la mirada un momento de nuestro insensato mundo exterior. Solo hace falta que alcemos la vista y lo miremos directamente, no solo a él, sino a todo lo que conlleva, todo lo que insinúa, lo que lleva consigo. Dime si no es libertad lo que ves, dime si no es una intensa y gélida belleza eterna lo que podemos apreciar en el mar.

     De verdad, dime si no te duelen las entrañas cuando ves cómo las olas chocan entre sí, contra las rocas, contra la tierra. Sé sincero conmigo, y dime mirándome a los ojos si no sientes cómo son capaces -incluso- de golpear tu propia esencia.

     Solo hace falta quitarse la máscara, esa que siempre llevamos, esa cuyo objetivo es que aparentemos estar muertos, fríos, insensibles a todo aquello que duele -sí, porque la belleza duele-. Únicamente necesitamos respirar y sentir -esta vez con sinceridad, peligrosa sinceridad- qué pasa en nuestro cuerpo, en nuestra mente, qué pasa en nuestra dichosa alma cuando la exponemos a la fuerza de los océanos y a lo sublime de su visión.

     Supongo que sí, que es precisamente eso, que no nos atrevemos a confesar que al presenciar los mares hemos sentido temor, un inmenso, doloroso, y terrible temor que nos sacude la propia existencia.

miércoles, 15 de julio de 2015

Veloces verdades

     Hay cierta fugacidad en el existir, cierto gesto de prisa en la palabra, cierto ademán de velocidad en el hecho de sentir. Nos sentamos, y de la misma forma y con la misma velocidad nos levantamos. Giramos la cabeza -para nada-, por si acaso, por hacerlo, por sentir que actuamos, que la palabra cobra acción y que el sentido no es una simple invención. Volvemos locas a las pupilas, las saturamos, las torturamos, las obligamos a observar todo para encontrar algo que las haga crecer. Quizás -incluso- para mostrarnos lo que ven -si es que de verdad ven-.

     Hay cierto misterio en el tiempo, cierto secreto ambiguo en todo esto. Ocultamos la mirada, sí, huimos de mostrarla, convenciéndonos a nosotros mismos de que es -incluso- una gran hazaña. Privamos a las pupilas de ver aquella gran verdad y dejamos que crezcan, sin embargo, en esta gran mentira. Ignoramos toda sensación intensa por temor a que sea demasiado inmensa.

     Hay ciertos dolores en la conciencia, sí, en ella que -casi- siempre es bella. Ignoramos ciertos instantes -siempre fugaces- y ciertos amagos -siempre presentes- que rodean nuestra veloz existencia, esta que ignoramos, esta por la que inconscientemente luchamos para que no pueda ser sentida.

     Hay una ceguera -que por supuesto no vemos- demasiado grande en nuestras vidas, ya corroídas por sus propias prisas. Corremos para evitar el tiempo, sí, una incongruencia fatal que solo sirve para ignorar algo: que somos únicamente la palabra fugaz e invisible que decimos con prisa antes de engañar a las pupilas.

miércoles, 8 de julio de 2015

El precio de la palabra

    Qué densidad la de aquel momento en el que intento atraparte, el tiempo es espeso, enemigo de mi voluntad. Qué tristeza la de aquel instante en el que asimilo tu ausencia, sí, tu insoportable ausencia. Qué crueldad la tuya, Palabra. 

    Persigo cada pista, cada posibilidad. Corro tras la tormenta de ideas -o cosas- que avanza hacia la deriva. Observo cada movimiento y grito apelativos al azar ante la posibilidad de que me encuentres así.

     La cordura, oh, hablemos de mi cordura. La desesperación ha podido con ella. Te prometo que he luchado, que he esperado, que me he concentrado. Que ha sido ella, la desesperación, sí, ella me ha arrebatado la cordura como si de un caramelo se tratase, como si fuera una simple -y por supuesto vana- ilusión que me hubiera hecho a merced del resto del mundo.

     Mírame, estoy aquí y solo me queda aliento. No te lo diré más veces, pues has conseguido cobrarte toda mi saliva. Mírame a los ojos y enfrenta los hechos, enfréntate a la verdad, a tu delito. Un delito del que sin embargo apenas eres consciente.  Deja de esconderte, de volverme loca, de arrebatar la vida de mi cuerpo cuando lo que yo quiero es que le des vida a mi alma. Hagamos un trato, esto no tiene por qué ser así, ¿no?. 

     Con la mirada perdida, los ojos cansados, las ojeras pronunciadas. Con angustia, con deseo, con lágrimas en el alma y cierta satisfacción en la mirada. Te busco observando cada detalle, cada sonido, cada rincón y pensamiento salvaje.


     ¡Oh Palabra! que te busco incluso en mi sangre. 

martes, 9 de junio de 2015

El sacrificio de la sintaxis

     Escribir es un acto para insensatos, para masoquistas, para pobres individuos con demasiada paciencia como para soportar ciertas cosas y seguir adelante. Supongo que se extrañan, que no saben a qué me refiero -propio de los más cuerdos- que duden que lo diga en serio.

     Bien, es simple.  En numerosas noches, en las que encuentro mi entorno silencioso -y por tanto motivador- me dispongo a algo, sí, me dispongo a enfrentarme a un proceso creativo.  Pero a veces parece imposible conseguir una letra que no dude de sí, que no se tambalee, o una palabra que afronte con valentía su lugar, o una oración que viva -eterna o fugazmente, violenta o pacíficamente, pero que viva-. Resulta surrealista y triste darme cuenta de que la sintaxis se me resiste, de que es libre, de que ella – y solo ella- decide. Tedioso es esperar su aparición noche tras noche, y que mi esperanza se hunda con el paso de las horas en el profundo pozo oscuro que es mi alma.

     Extenuante es volver a crear y a destruir para – simple y llanamente- seguir creando.



lunes, 13 de abril de 2015

Cuentas para contar

– Uno, dos, tres, cuatro…
Entro a la cafetería a por mi café de cada mañana, y veo a Enrique sentado en una silla y con una libreta en la mano.
– Cinco, seis, siete…
-¿Qué haces Enrique? ¿Sacas cuentas?  -Le pregunto con curiosidad.
– No, solo cuento. 
- Pero contarás algo ¿No?
-Claro, cuento los números ¿Qué más necesito? Los números se cuentan.
– Ya, pero…  (suspiro) A ver ¿qué haces exactamente? Cuéntame qué haces, anda.
-Los números están para contar. Te cuento que hago cuentas con los números que estoy contando.
Pensativo y testarudo, Enrique parece ignorar mis preguntas para cachondearse de mí.
– Lo que tú digas…
Me aparté de su lado y me senté solo, extrañado ante su actitud. ¿Estaría molesto por algo? Quizá solo necesitaba estar solo y esa es su forma peculiar de expresarlo. Pero el caso es que la mañana siguiente volví a pasarme por la cafetería y volví a verlo ahí, en el mismo sitio, con la misma libreta, con el ceño fruncido y la calculadora en una mano. Preparo mi mejor sonrisa.
– ¡Buenos días Enrique! Otra vez por aquí ¿qué tal te encuentras hoy?
– Bien, gracias.
– ¿Estás trabajando? ¿Es eso? Te noto muy -elijo la palabra con cuidado- concentrado desde ayer.
– No, bueno, estoy ocupado, estoy contando.
Seguía con ese cuento. De verdad, no entendía nada. Si le pasaba algo ¿por qué le costaba tanto contármelo? Contar, contar, ¿contar qué? ¿qué sentido tenía aquello? Me estaba poniendo más nervioso por momentos. Me despedí con cortesía y tras tomarme mi café un tanto disgustado me fui.
Al día siguiente, no de mañana sino mucho más tarde, volví. Esta vez más desesperanzado, la actitud de Enrique me había frustrado y no esperaba conseguir una respuesta lógica. De nuevo, lo encontré sentado y con su libreta.
– ¡Oh! ¡Qué sorpresa! Tú aquí contando – Le dije sin molestarme en disimular mi tono irónico.
– Claro ¿Qué otra cosa podría hacer?
Estuve a punto de acusarle de cínico con el levantamiento de mi ceja derecha, pero su mirada era seria y petulante. Iba en serio. Entonces lo comprendí. Quizá no era una respuesta lógica, pero era su respuesta. Me cogió por sorpresa, como una veloz palmada cerca de mi cara. 

Simplemente creía eso: qué otra cosa podría hacer.

lunes, 30 de marzo de 2015

Llanto

     Noto tu presencia, sé que me escuchas, que estás cerca.

     Camino decidida hacia la orilla, sin parar, sin una sola duda, sin temor a la fuerza de las olas -que chocan contra las rocas-, sin pensar en la posibilidad de huir, simplemente me dejo llevar hacia este momento inevitable al que he acabado resignándome.

     Quizá me precipito al preguntarte esto a ti, que siempre te mantienes sobrio ante la vida, pero me arriesgaré. ¿En algún momento de tu vida has sido capaz de sentirlo todo? ¿Has descubierto sin más que algo dentro de ti se abre y te atrapa? Es una sensación nueva que me sorprende en ocasiones. Es como si hubiese ante ti un gran vacío al que caes para ahogarte poco a poco. ¿Has sentido el llanto del viento, del mar, de la oscuridad del cielo?

     Me sumerjo, decidida a no volver atrás. El agua fría me envuelve e insiste en arrastrarme, en hacerme de su propiedad.Te juro que no bromeo. Esta locura me atrapa, no puedo huir y empeora si intento ignorarla. Te juro que es verdad, que nada ni nadie puede hacerme creer que lo que mi corazón siente no es real, pues sé que no hay nada más real que el dolor y el pavor que me sacuden y me esclavizan.

     Es una agonía que me asfixia y de la que, sin embargo, prefiero no prescindir. Una agonía que solo consigo entender y amar cuando me entrego a la tierra y al mar y éstos me aceptan, me llevan y me toman.

lunes, 16 de marzo de 2015

Dolor

     Cuando no soporto más lo exterior, cuando todo sin más parece resultar imposible de asimilar, acudo a la única solución que de momento he encontrado. Me dejo llevar, dejo que mis sentidos y mis pupilas se inunden de cada abrumadora sensación de la que me privo. Me entrego al mundo que parece no existir, rezo para que la noche se apiade de mí y no me prive de ver...

     Bien, en cierta noche tan oscura como efímera, en un estado al que solo me referiría como semiconsciente y al que solo podría comparar con el letargo, en un estado del cual no puedo huir, se me presenta una forma casi desconocida del dolor, sí, del dolor en su máximo significado. Una forma demasiado intensa y compleja como para advertir su presencia fácilmente.

    De forma atrevida, deja clara su intención de atravesar, sobrepasar, pisotear el significado básico -el que hemos asumido- con el propósito de significar más, de dejar de ser poco para serlo todo. Me mira, me empuja, me golpea con su pesada mirada sin siquiera saber qué está haciendo. Sin siquiera imaginarse lo que es capaz de expresar, de hacerme sentir, de hacerme entender, me golpea sin proponérselo, simplemente lo hace.

     Algo dentro de mí grita, en algún rincón de mi esencia hay otra yo levantando la voz y expulsando sus lágrimas. Pero a pesar de lo que pueda parecer, no se niega, no retrocede con miedo, sino que grita, grita con alivio mientras sigue llorando. Una voz interior, dulce y aguda, se levanta, es dotada de repente de energía, de un maravilloso instante. Insiste suplicando una oportunidad para sí, para gritarse a sí misma que lo sabía, que sabía que lo asumido no podía ser suficiente, que debía de haber más, que lo que sabemos no es sino lo que creemos saber, que la forma primitiva del dolor -el llanto- es nada.


     Insiste para poder gritarle al mundo que el dolor significa mucho más.

domingo, 8 de marzo de 2015

Suponer que se cree

     A veces tengo la necesidad se suponer, sí, suponer por suponer, suponer por el simple hecho de evitarme responsabilidad en cuanto a la veracidad de lo que siento. Supongo que algo me pasa, que no estoy preparada, que no soy libre. Porque si fuera libre podría gritar todo lo que supongo que siento.

     ¿Alguna vez te has dado cuenta de que tienes demasiadas cosas en tu mente? ¿Más de las que sueles saber que tienes? ¿Tantas incluso como para querer expresarlas y no poder? Como si todas se concentraran en un agitado y constante baile cruel. Un baile de locuras que nunca para y que me sobre-estimula -aún no sé si para bien o para mal-. Eso es lo que siento, no, lo que creo sentir, no ¿Lo que supongo que siento? Sí, eso. 

     Supongo que se mezclan, que se enredan a voluntad, que se transforman en muchas más posibilidades que cada vez crecen más y más hasta provocarme terribles dolores de cabeza. Supongo que lo saben, que ellas, las ideas, saben que las necesito y las odio al mismo tiempo. Supongo que saben que las necesito a cada una de ellas pero en singular, que me duele todo al no conseguir ver dónde comienza una y termina otra, que me culpo por ello...

     Creo que se ríen de mí, que se ríen a carcajadas para que yo pueda oírlas y odiarlas -odiarme-.
Cierro los ojos, lo intento, respiro, lo intento de nuevo y sigo respirando, ignoro el dolor, ignoro la ira, me ignoro a mí y las ignoro a ellas con la esperanza de poder separarlas.

     Creo que simplemente supongo que lo creo porque la certeza de ello puede matarme.

viernes, 13 de febrero de 2015

Una maravillosa inexactitud

     En ese momento caminaba como parecen caminar a veces las nubes, caminaba a la vez que mi corazón golpeaba mis costillas, a un ritmo irregular e impredecible. Tras cada paso creía sentir algo nuevo, algo distinto, incluso ahí donde ya había estado otras veces. Algo había cambiado en ese sitio, algo diferente habitaba ese espacio aparentemente vacío. Mi presencia era ligera, sí, ligera como la brisa misma. Moví mis piernas, aspiré tanto aire como mis pulmones me permitieron, observé concentrada cada parte de ese espacio sonriendo absurda e histéricamente, esperando encontrar aquello que había cambiado, aquello que de forma invisible lo abarcaba todo.

     No estoy segura de poder explicarlo o describirlo con exactitud. Aunque ahora que lo pienso, ¿no es acaso la exactitud - la perfecta explicación, la detallada descripción de todo- un vano intento de control de los hechos? ¿Una mentira? ¿Un error?

     Solo diré que sabía de la existencia de la llegada de algo a ese lugar, de algo que al llenar mis pulmones provocaba en mí una intensa sensación de consciencia inalterada, como el eterno trance que siempre había deseado.

     Supongo que si quisiera llamarlo de una forma sencilla -y por supuesto no exacta- solo podría llamarlo esperanza.