lunes, 16 de marzo de 2015

Dolor

     Cuando no soporto más lo exterior, cuando todo sin más parece resultar imposible de asimilar, acudo a la única solución que de momento he encontrado. Me dejo llevar, dejo que mis sentidos y mis pupilas se inunden de cada abrumadora sensación de la que me privo. Me entrego al mundo que parece no existir, rezo para que la noche se apiade de mí y no me prive de ver...

     Bien, en cierta noche tan oscura como efímera, en un estado al que solo me referiría como semiconsciente y al que solo podría comparar con el letargo, en un estado del cual no puedo huir, se me presenta una forma casi desconocida del dolor, sí, del dolor en su máximo significado. Una forma demasiado intensa y compleja como para advertir su presencia fácilmente.

    De forma atrevida, deja clara su intención de atravesar, sobrepasar, pisotear el significado básico -el que hemos asumido- con el propósito de significar más, de dejar de ser poco para serlo todo. Me mira, me empuja, me golpea con su pesada mirada sin siquiera saber qué está haciendo. Sin siquiera imaginarse lo que es capaz de expresar, de hacerme sentir, de hacerme entender, me golpea sin proponérselo, simplemente lo hace.

     Algo dentro de mí grita, en algún rincón de mi esencia hay otra yo levantando la voz y expulsando sus lágrimas. Pero a pesar de lo que pueda parecer, no se niega, no retrocede con miedo, sino que grita, grita con alivio mientras sigue llorando. Una voz interior, dulce y aguda, se levanta, es dotada de repente de energía, de un maravilloso instante. Insiste suplicando una oportunidad para sí, para gritarse a sí misma que lo sabía, que sabía que lo asumido no podía ser suficiente, que debía de haber más, que lo que sabemos no es sino lo que creemos saber, que la forma primitiva del dolor -el llanto- es nada.


     Insiste para poder gritarle al mundo que el dolor significa mucho más.

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