lunes, 13 de abril de 2015

Cuentas para contar

– Uno, dos, tres, cuatro…
Entro a la cafetería a por mi café de cada mañana, y veo a Enrique sentado en una silla y con una libreta en la mano.
– Cinco, seis, siete…
-¿Qué haces Enrique? ¿Sacas cuentas?  -Le pregunto con curiosidad.
– No, solo cuento. 
- Pero contarás algo ¿No?
-Claro, cuento los números ¿Qué más necesito? Los números se cuentan.
– Ya, pero…  (suspiro) A ver ¿qué haces exactamente? Cuéntame qué haces, anda.
-Los números están para contar. Te cuento que hago cuentas con los números que estoy contando.
Pensativo y testarudo, Enrique parece ignorar mis preguntas para cachondearse de mí.
– Lo que tú digas…
Me aparté de su lado y me senté solo, extrañado ante su actitud. ¿Estaría molesto por algo? Quizá solo necesitaba estar solo y esa es su forma peculiar de expresarlo. Pero el caso es que la mañana siguiente volví a pasarme por la cafetería y volví a verlo ahí, en el mismo sitio, con la misma libreta, con el ceño fruncido y la calculadora en una mano. Preparo mi mejor sonrisa.
– ¡Buenos días Enrique! Otra vez por aquí ¿qué tal te encuentras hoy?
– Bien, gracias.
– ¿Estás trabajando? ¿Es eso? Te noto muy -elijo la palabra con cuidado- concentrado desde ayer.
– No, bueno, estoy ocupado, estoy contando.
Seguía con ese cuento. De verdad, no entendía nada. Si le pasaba algo ¿por qué le costaba tanto contármelo? Contar, contar, ¿contar qué? ¿qué sentido tenía aquello? Me estaba poniendo más nervioso por momentos. Me despedí con cortesía y tras tomarme mi café un tanto disgustado me fui.
Al día siguiente, no de mañana sino mucho más tarde, volví. Esta vez más desesperanzado, la actitud de Enrique me había frustrado y no esperaba conseguir una respuesta lógica. De nuevo, lo encontré sentado y con su libreta.
– ¡Oh! ¡Qué sorpresa! Tú aquí contando – Le dije sin molestarme en disimular mi tono irónico.
– Claro ¿Qué otra cosa podría hacer?
Estuve a punto de acusarle de cínico con el levantamiento de mi ceja derecha, pero su mirada era seria y petulante. Iba en serio. Entonces lo comprendí. Quizá no era una respuesta lógica, pero era su respuesta. Me cogió por sorpresa, como una veloz palmada cerca de mi cara. 

Simplemente creía eso: qué otra cosa podría hacer.

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