martes, 9 de junio de 2015

El sacrificio de la sintaxis

     Escribir es un acto para insensatos, para masoquistas, para pobres individuos con demasiada paciencia como para soportar ciertas cosas y seguir adelante. Supongo que se extrañan, que no saben a qué me refiero -propio de los más cuerdos- que duden que lo diga en serio.

     Bien, es simple.  En numerosas noches, en las que encuentro mi entorno silencioso -y por tanto motivador- me dispongo a algo, sí, me dispongo a enfrentarme a un proceso creativo.  Pero a veces parece imposible conseguir una letra que no dude de sí, que no se tambalee, o una palabra que afronte con valentía su lugar, o una oración que viva -eterna o fugazmente, violenta o pacíficamente, pero que viva-. Resulta surrealista y triste darme cuenta de que la sintaxis se me resiste, de que es libre, de que ella – y solo ella- decide. Tedioso es esperar su aparición noche tras noche, y que mi esperanza se hunda con el paso de las horas en el profundo pozo oscuro que es mi alma.

     Extenuante es volver a crear y a destruir para – simple y llanamente- seguir creando.



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