miércoles, 15 de julio de 2015

Veloces verdades

     Hay cierta fugacidad en el existir, cierto gesto de prisa en la palabra, cierto ademán de velocidad en el hecho de sentir. Nos sentamos, y de la misma forma y con la misma velocidad nos levantamos. Giramos la cabeza -para nada-, por si acaso, por hacerlo, por sentir que actuamos, que la palabra cobra acción y que el sentido no es una simple invención. Volvemos locas a las pupilas, las saturamos, las torturamos, las obligamos a observar todo para encontrar algo que las haga crecer. Quizás -incluso- para mostrarnos lo que ven -si es que de verdad ven-.

     Hay cierto misterio en el tiempo, cierto secreto ambiguo en todo esto. Ocultamos la mirada, sí, huimos de mostrarla, convenciéndonos a nosotros mismos de que es -incluso- una gran hazaña. Privamos a las pupilas de ver aquella gran verdad y dejamos que crezcan, sin embargo, en esta gran mentira. Ignoramos toda sensación intensa por temor a que sea demasiado inmensa.

     Hay ciertos dolores en la conciencia, sí, en ella que -casi- siempre es bella. Ignoramos ciertos instantes -siempre fugaces- y ciertos amagos -siempre presentes- que rodean nuestra veloz existencia, esta que ignoramos, esta por la que inconscientemente luchamos para que no pueda ser sentida.

     Hay una ceguera -que por supuesto no vemos- demasiado grande en nuestras vidas, ya corroídas por sus propias prisas. Corremos para evitar el tiempo, sí, una incongruencia fatal que solo sirve para ignorar algo: que somos únicamente la palabra fugaz e invisible que decimos con prisa antes de engañar a las pupilas.

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