lunes, 3 de agosto de 2015

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     Te puedo asegurar que el intentar huir no funciona siempre, que elegir la ceguera no da siempre resultado. Puedo decirte, con total firmeza y sin reparo alguno, que la omisión no es una opción. Esto, sí, esto que te tiene confundido -y que aún no acabas de ver- no entiende de malos momentos, no entiende de deseos, y -por supuesto- tampoco respeta el miedo.

     Sé que huyes porque prefieres ignorar todo lo que puedes hallar en una sola alma -presente siempre en la propia mirada- todo lo que te puede sorprender, todo aquello que desconoces y que sin más podría golpearte. Me he dado cuenta de que eres un gran actor, sí, uno que intenta aparentar fortaleza y comprensión, uno que intenta aparentar indiferencia y frialdad.

     Sin más, sin quererlo, sin pedirlo, te confieso que puedo ver en tus pupilas la realidad de tu esencia. Que la aflicción se adueña de ella, sí, y la confusión de tu inocencia. Que la hermosa, cruel - e inconsciente- angustia sustituye al instante tu seguridad, y que sin más tu gran templo indestructible parece dejar de ser invencible.

Te lo digo en voz alta y con la voz ahogada.

Puedo ver en lo más profundo y oscuro de tus pupilas que tu solitaria alma se paraliza y -seas consciente o no- enloquece.

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