domingo, 2 de agosto de 2015

Lo terrible del mar

     Por ahí he oído decir que tengo fijación con el mar, que lo nombro bastante, que resulta repetitivo, que por qué, que algo debe de tener. Y qué es lo que no tiene, me digo yo.

     Solo hace falta apartar la mirada un momento de nuestro insensato mundo exterior. Solo hace falta que alcemos la vista y lo miremos directamente, no solo a él, sino a todo lo que conlleva, todo lo que insinúa, lo que lleva consigo. Dime si no es libertad lo que ves, dime si no es una intensa y gélida belleza eterna lo que podemos apreciar en el mar.

     De verdad, dime si no te duelen las entrañas cuando ves cómo las olas chocan entre sí, contra las rocas, contra la tierra. Sé sincero conmigo, y dime mirándome a los ojos si no sientes cómo son capaces -incluso- de golpear tu propia esencia.

     Solo hace falta quitarse la máscara, esa que siempre llevamos, esa cuyo objetivo es que aparentemos estar muertos, fríos, insensibles a todo aquello que duele -sí, porque la belleza duele-. Únicamente necesitamos respirar y sentir -esta vez con sinceridad, peligrosa sinceridad- qué pasa en nuestro cuerpo, en nuestra mente, qué pasa en nuestra dichosa alma cuando la exponemos a la fuerza de los océanos y a lo sublime de su visión.

     Supongo que sí, que es precisamente eso, que no nos atrevemos a confesar que al presenciar los mares hemos sentido temor, un inmenso, doloroso, y terrible temor que nos sacude la propia existencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Es un placer recibir tu opinión.
Gracias ^^