lunes, 10 de marzo de 2014

Gritos y mentiras


Me he tomado la osadía de considerar en secreto, los verbos gritar y escribir, sinónimos. Qué quieres que diga, para mí tiene todo el sentido del mundo. ¿No es eso lo que hacemos cuando nos atrevemos a utilizar la tinta para dejar constancia de las letras que inundan nuestro ser? ¿Acaso no es un alivio? ¿No es expresión en toda su extensión? ¿No es comunicación? Escribir gritando. Gritar escribiendo. Tienes que poder ver lo que estoy diciendo -escribiendo (gritando)-. Gritar y escribir para sentirnos libres, para sentirnos escuchados, gritar y escribir para averiguar la magnitud de nuestras emociones, de nuestros dolores. 
Si, lo veo, y tú también. Gritar y escribir son términos que se encuentran y hacen el amor porque solo entre sí se entienden, porque solo siendo uno se sienten completos. 

En uno de estos intentos totalmente serios e intensos en los que dejo a mi alma gritar al papel, en uno de estos instantes que cada vez puedo controlar menos porque son ellos los que me controlan a mi, me siento en mi silla fingiendo tranquilidad y con un gesto impasible en la cara. Busco mi solitaria y fría libreta, y me dispongo a contar y escribir de la forma más típica y normal posible, falsos pensamientos que aparecen en mi conciencia esperando engañar a mi alma. Pensamientos que esperan servir de sustitutos a mis reales y semejantes elucubraciones. Pensamientos fríos e incompatibles con mi ser que esperan engañarme y facilitar mi convivencia en este mundo.

 Comienzo tragándome las quejas de mi alma y escribiendo las primeras líneas más bastas que podría escribir alguien. Una sonrisa forzada deforma mi cara y obligo al bolígrafo a seguir. Puedo oír incluso cómo él se queja al estar habituado a dejar constancia de verdades profundas y sinceras. Incluso él puede sentir la mentira, el intento de engaño. Sigo sonriendo para evitar un desastre, sigo obligándome a contar lo que la razón me dicta. Pero el momento se rompe, si, el instante más escabroso de esta acción vomitiva consigue quebrar el entorno como si de un látigo se tratase. Entonces una voz familiar me grita rompiendo el ácido silencio, una voz también rota por el llanto; la voz del papel. El terror, la fascinación, el alivio, y la indignación recorren simultáneamente mi mente. Es terriblemente preocupante que el propio papel rechace tus palabras. Si esto ocurre, es que te estás perdiendo, así de extraño y sencillo resulta. 

Sin siquiera darme cuenta, comienzo a reírme ruidosamente mientras las lágrimas asoman rápidamente mis mejillas y mi pulso se acelera frenéticamente. Y lo entiendo, entiendo qué es lo que pasa, entiendo por qué parece derrumbarse todo por algo que no parece tan grave. Puedo confesar aun sorprendida que lo he entendido, que rompí en mil pedazos esa hoja y que finalmente antes de caer en un sueño desolador y repentino solo tuve fuerzas para gritarle a la siguiente mi descubrimiento. 

- ¡No te mentiré! A ti no puedo mentirte. ¡Eres únicamente un papel, una hoja en blanco abandonada y triste! ¡Nada más! ¡Pero por alguna insólita razón me es imposible mentirte a ti! ¡Por alguna poderosa razón el mundo se para y se retuerce si lo intento! ¡Mentirme es destruirme!