martes, 29 de abril de 2014

Lágrimas de razón


Subí, escalé, corrí, salté. Recorrí la maleza lo más rápido que mis piernas me dejaron. Mis pulmones se retorcían por la falta de oxígeno. Mis secos labios agrietados sangraban sin piedad. Las lágrimas bañaban mi cara y me cegaban la vista demasiado rápido como para no tropezar y caerme de nuevo. Tenía que seguir, no podía parar.

Nada más llegar me dejé caer sobre la fina hierba. Nada más respirar de nuevo, supe que todo tenía sentido, que mi alma no había sido desgarrada en vano. Supe que había llegado el momento de que olvidase todo cuanto creía saber... 

Simplemente llovió. Pero por ello, comencé a llorar. A llorar como nunca antes lo había hecho. Lloré como solo los milagros pueden hacer que llore. Lloré porque lo sentí. Una aplastante y cegadora sensación de que algo estaba ocurriendo, de que algo cambiaba vertiginosamente ante nosotros y no nos habíamos percatado, de que algo más importante que todo cuanto conocía estaba por llegar. Lloré porque por primera vez "veía" todo lo que tenía ante mí. Lloré como solo los ángeles pueden llorar porque supe el significado de la esperanza. Sí, lloré porque sentí la vida cantar al unísono con la muerte. Porque el corazón de repente se me antojó como un aliento de vida más, solo uno aguardando a su momento. Lloré porque quise gritar todo lo que estaba sintiendo y no fui capaz. 

Lloré de impotencia, de fascinación, de desahogo, de miedo...